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No hay ningún aspecto del ser humano: espíritu, mente o cuerpo, que no se revele a sí mismo en el cuerpo. Es una de las terapias naturales mas primarias.Tocar a alguien es usar el verbo en el sentido activo. Estar en contacto sugiere algo más pasivo, un recibir o, en el mejor de los casos, una práctica compartida, de eso es de lo que trata nuestro trabajo. Durante la sesión se pone de manifiesto nuestras capacidades de oír la historia contada por el espíritu, la mente y cuerpo a través del palpitar del cuerpo.
Contactaremos con el cuerpo con una conciencia tan presente y tan profunda que su historia se contará y será escuchada hasta su intención original. Esto permite retornar a la intención original y modificar apropiadamente en el presente los hábitos formados en experiencias pasadas. El principal objetivo de este trabajo es el de proporcionar una quietud y un espacio en el terapeuta en el cual el paciente confíe en ser escuchado. En este ser escuchado reside la curación. La Inteligencia sabe, el intelecto sólo puede saber parcialmente. Trabajamos a niveles que están más allá de lo que puede abarcar el mero intelecto y nos ponermos en contacto con la Inteligencia que subyace a toda enfermedad.
La Quietud no es algo que hagamos, es ser, ser en el centro de quienes somos realmente; es algo que compartimos con el universo mismo. Este lugar de Quietud en el centro es dinámico. “En el punto de quietud del mundo que gira… ahí esta el baile “ T.S. Elliot.
Nuestra declaración es la siguiente: la quietud no está sujeta al ego. No es posible trabajar en la quietud desde el nivel del ego. Trabajar en la quietud es trabajar en relación con otro sin conciencia de tuyo o mío. Trabajamos desde el ser que común a todos nosotros, es lo que encarna en nosotros en el momento de la concepción y lo que da vida al código genético. El breve momento de quietud antes de que empiece la explosión de la célula, es el centro del mundo girante que describe T.S. Elliot. Tocar esta experiencia es renacer en el presente. Lo que intentamos hacer, en práctica compartida con otro, es entrar en un estado que está por debajo de o que es anterior al nivel en que la enfermedad viene al ser. Un lugar de Quietud o intención original, aún no expresada, donde existe la elección, mediante el recuerdo de esa intención original, de no ser víctimas de experiencias de vida no digeridas que nos restan fuerza y capacidad. Lo que se requiere del terapeuta es una renuncia al saber, que es limitado, y una entrada en la inseguridad del desconocimiento, que conlleva un potencial infinito.
Tocar ese lugar que es común, es tocar un nivel de ser que precede al descenso a lo particular, abriendo así la posibilidad de que se produzca esa venida a lo particular y personal, teniendo la posibilidad de otro camino, modificándose así mismo. Recordando su impronta original, por así decirlo. Un renacimiento en el presente constante. Todos tenemos un “como estamos diseñados para ser”, una forma evolutiva momento a momento, que a lo largo de nuestro desarrollo se ha modificado en función de la acumulación de experiencias no-digeridas que llevamos con nosotros. Estas están tan cristalizadas, tan atrincheradas, que ahora creemos que eso es lo que somos. Esto no es lo que somos en verdad, sino una expresión de lo que hemos hecho y de lo se nos ha hecho. Todos nos sentimos separados de nuestro verdadero ser por todo este material que ya no está presente en sentido real, sino que es una huella del ayer. Muestra forma de ver el vacío es, si se quiere, por debajo del ego. Sólo hay conciencia, no una conciencia del experimentador distinta de lo observado. Hay una sensación de ser el vasto espacio en el que todo se manifiesta, incluyendo aquello de lo que normalmente me adueñaría, como mi cuerpo, mente, espíritu. A esto mos referimos con Yo soy, no una afirmación del ego; en el Espíritu no hay sensación de que nadie sea consciente, sólo el desplegarse de la conciencia. En un gran sentido, todo se expande hacia fuera y se manifiesta.
Si no hay ego, entonces no hay juicio, sólo observación. Sin juicio, la historia puede ser contada completamente. Si tengo que contar toda mi historia, quiero asegurarme de que tenga espacio para ser escuchada. No hay lugar para mi historia, no para la totalidad de ella, en un lugar que ya está lleno, o en su mayor parte está lleno de la historia de quien escucha. Allí tendré que recortar mi historia y sentir que esa parte que siento que es el escuchador está preparada para recibir. Necesito la práctica conjunta de un receptor abierto para ser escuchado plenamente, ya que no puedo oír plenamente mi propia historia, por mí mismo, como mi propio ego, teniendo encima capa tras capa de experiencia de vida, que está juzgando continuamente su propia revelación. Y sin embargo, lo único que necesito para renacer sin el efecto debilitante de esa experiencia de vida y sus patrones es ser oído, reflejado a ese nivel por debajo de los agregados. Entonces tengo la posibilidad, como mínimo, de reformar mi ser, a partir de mi plantilla original (mi rostro original), descartando lo que, en el presente, no resulta útil.
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